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Amaneció el día glorioso...

LA OTRA HISTORIA DE MÉXICO / Catón EN EL NORTE

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Cuando uno hurga en los archivos y se topa con viejos papelotes llenos de las huellas dejadas ahí por ratones, polillas e investigadores, casi no puede encontrar a esa señora que se llama la Historia en el farragoso cúmulo de terminajos burocráticos de que esos papeles están llenos.

Eso sucede con un documento que suele pasar inadvertido, y que generalmente no figura en las antologías de los textos básicos de la historia mexicana. Es un oficio escueto, sin adornos, casi un memorándum, como se diría hoy en términos oficinescos. Y sin embargo es en ese documento donde puede fijarse el instante preciso en que los lazos entre España y México quedaron definitivamente rotos. El oficio lo envió don Juan O'Donojú a Iturbide. Leámoslo:

"Excelentísimo Señor Don Agustín de Iturbide, Primer Jefe del Ejército Imperial: Evacuada la Capital, está cumplido por mi parte el artículo 17 del tratado de Córdoba, y ocupada ya por las tropas imperiales, no debo conservar otro mando que el de Capitán General, hasta que instalado el nuevo gobierno se sirva Vuestra Excelencia comunicármelo. Con respecto al mando político, hasta ahora lo está desempeñando el Intendente. Esta autoridad hasta ahora se ha estado entendiendo conmigo, pero desde hoy en adelante deberá entenderse con las Autoridades de la nación, pues que ya no es mi representación la que tiene, sino la de la Ley. Tengo el honor de decirlo a Vuestra Excelencia para su conocimiento y ulteriores determinaciones. Dios guarde a Vuestra Excelencia muchos años. Tacubaya, septiembre 25 de 1821".

En esas palabras, secas, lacónicas, oficialescas, está contenida una verdadera acta de independencia. O'Donojú llama a Iturbide "Primer Jefe del Ejército Imperial". En el oficio renunciaba O'Donojú a su autoridad, y la depositaba en "las Autoridades de la nación" y en la ley. Igualmente, al hablar de "la nación" y de "el ejército imperial" daba su reconocimiento a la independencia y al nuevo país surgido de ella.

Al tenerse noticia en la Ciudad de México de las nuevas circunstancias, Tacubaya, donde Iturbide tenía establecida su residencia temporal, se volvió un hervidero de moscardones, cortesanos, gente, gentecilla y gentuza de toda laya que apresuradamente corrieron a postrarse a los pies de "Su Excelencia", a ofrecerle sus servicios, a recordarle que siempre habían estado con él, y a adularlo en todos los tonos. Los ricos comerciantes de la Capital, que hasta un día antes habían sido enemigos acérrimos de la independencia, llegaron cargados de trajes y uniformes con los cuales hasta el último soldado de Iturbide pudo ataviarse muy lucidamente en preparación de la entrada triunfal del ejército imperial a México.

Ahí, en Tacubaya, Iturbide procedió a integrar la lista de quienes formarían la Junta Provisional Gubernativa que se haría cargo de la nación mientras se escogía a quien la habría de gobernar. En este punto Iturbide cometió lo que no sólo fue un error sino, peor, una gravísima injusticia. De 38 miembros que designó para el gobierno solamente uno, Anastasio Bustamante, podía ser considerado partidario de la independencia, por más que se hubiera unido a ella apenas seis meses antes. Todos los demás habían sido realistas hasta el último minuto, y algunos de ellos lo seguían siendo en el fondo de su corazón. No llamó Iturbide a ninguno de los antiguos, ameritados insurgentes que desde hacía muchos años luchaban por la libertad. No llamó a don Vicente Guerrero, a don Nicolás Bravo, a don Ignacio López Rayón, a don Sixto Verduzco, a don Carlos María de Bustamante, a don Andrés Quintana Roo. Los pobres negros, los harapientos mulatos, los "pintos" que formaban el viejo ejército de Guerrero fueron despedidos con burlas y con ascos cuando se presentaron a pedir uniformes de los que se estaban repartiendo. Los coloridos atuendos, lo mismo que las relucientes armas, fueron a manos de los soldados que siempre habían combatido a la insurgencia. Y es que -¡oh, paradoja!- la independencia no había sido hecha por quienes desde 1810 lucharon por ella, sino por aquellos que a la independencia se habían opuesto desde 1810.