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Oasis en el desierto

  • La asociación brinda los mil 500 desayunos semanales, pláticas formativas para cerca de 70 madres de familia, y más de un centenar de despensas. Pero hace falta más. Foto: Juan José Cerón
Daniel de la Fuente

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En este lugar de vientos entrecruzados y usualmente bajo un sol intenso, cada lunes, miércoles y viernes hay fiesta.

Es la modesta comunidad Renacimiento, a las afueras de la cabecera de García, en la que fueron reubicadas en el 2006 cientos de familias por el incendio de tejabanes junto al Arroyo El Obispo, en Santa Catarina.

El festejo inicia cuando la Caravan 2003 que conduce Evangelina Zapata Narváez se estaciona a unos metros de la asociación que preside, Casa Samuel, frente al jardín de niños María Lavalle Urbina, y más tarde, en la primaria Luis Álvarez Barret.

Por las ventanas de las aulas, la chiquillería se asoma sonriente. Las maestras abren las puertas de las aulas y avisan que ya viene el recreo. Hay risas y gritos.

Eva, como le llaman a esta mujer de 58 años y mirada severa que contrasta con su carácter risueño, pide permiso para entrar con ollas con alimento y jarras con refresco.

Lo hace por consideración: hace cuatro años las propias maestras le pidieron servir comida en las escuelas.

Para Eva fue decisivo cuando le dijeron hace cuatro años que había chiquillos de preescolar que lloraban de hambre en los salones. Uno incluso recogió una manzana a medio morder que alguien dejó en un cesto.

"Esto no puede ser", se dijo Eva, conmovida, y reunió donativos, puso de su dinero y pidió ayuda. Y a los días estaba repartiendo los primeros de cientos de desayunos que ha dado hasta ahora en los planteles. Son mil 500 a la semana.

Eva supervisa la repartición de alimentos: hoy toca ensalada de coditos con galletas saladas y agua de sabor.

"Lo que más les gusta son las ensaladas de pollo y atún, espagueti con carne, pero nada le gana a los hot cakes", comenta y observa con gusto a los niños de kínder que comen tranquilos, aunque se detiene en una pequeña que reza antes de comer.

Lo hace con devoción, con los ojos cerrados. Y Eva también cierra los suyos.
 
I
   
Era 1996 y Eva asistía al Castillo del Rey. Un día le pidieron evangelizar a posesionarios al lado del Arroyo El Obispo y por cuatro meses, con otros voluntarios, dio charlas desde las colonias Termolita hasta Mercado de Abastos Poniente.

"Calculo mil 800, 2 mil personas. Había mucho por hacer", recuerda Eva, simpática. "Era platicar, escuchar, aconsejar, hacer actividades sobre todo entre los niños y las mamás".

Un día, la evangelización terminó y el grupo religioso no volvió más. Excepto Eva, a las dos semanas.

Al llegar, la gente preguntó que por qué se habían ido.

"Y me empezaron a contar sus cosas: '¡Mire Baldo, hermana, se porta bien mal!'; '¡mire la niña, no hace caso, llámele la atención!'. Y decidí volver y caminar juntos".

En aquel provisional mundo de pasadizos de madera Eva siempre fue bien recibida. Les siguió hablando de Dios, ayudaba con tareas y organizaba actividades para dibujar y jugar. También conversaba con las mamás, la mayoría jovencitas sin educación, sobre sus problemas con parejas e hijos.

Una niña le dijo que un tío abusaba sexualmente de ella. Para Eva, quien alertó a la madre de la pequeña y alejó al agresor, todo cambió.

"Fue un impacto enorme: ¿cómo podía estarles sólo hablando de Dios como si él fuera a llegar con una varita mágica?", dice y manotea expresiva. "Además, tenían hambre, no iban a la escuela".

Eva decidió llevar cada fin de semana, con su dinero, fideo con carne molida y arroz con leche, e implementar charlas y actividades para combatir adicciones e ignorancia sobre todo entre las mujeres y los hijos que tuvieron con pepenadores, lavacoches, albañiles. Incluso llevó al INEA, de cuyos cursos egresaron varios.

Empoderó sobre todo a los niños para que fueran líderes en actividades.

"Se hacía un mitotazo, eran como 200 familias que me esperaban cada sábado", comenta. "Incluso en dos o tres vueltas llevaba a los niños de paseo... ¡a la Plaza de Santa Catarina!".

Eva fue una presencia constante y querible en aquella zona hasta que en abril del 2005 un incendio arrasó con parte de los tejabanes, entre ellos los de las familias que ella asistía.

"Me llamaron de madrugada y me dejé ir con pan para que desayunaran, lo mismo para que cenaran. Había autoridades ahí: 'Usted no puede pasar', me dijeron muy prepotentes, 'aquí no se puede hacer proselitismo', pero la gente se dejó ir: '¡No se meta con la hermana!, ¡usted quién es para hablar así!'. Total, me dejaron ayudarles".

A los días los reubicaron en la Colonia Renacimiento, en el desolado semidesierto de García. Y hasta allá los siguió Eva.

"No lo olvido: cuando llegué había 150 familias en medio de la nada, entre la tierra, intentando traerse poco a poco lo que quedaba de sus tejabanes", cuenta. "Era octubre y ya empezaba a hacer frío".

Había mucho por hacer.

Vecina de Renacimiento, Beatriz Martínez conoce a Eva desde Santa Catarina.

"Es generosísima, hace lo imposible por uno, es como la mamá de los pollitos", ríe.

"Lo mismo me ha ayudado con medicinas, despensas y verduras que con una operación de retina que le tuve que hacer a la niña más grande, de 9 años. Gracias a ella, vivimos con lo justo, pero felices".
 
II

Pareciera que la vida no tenía predestinada a Eva para trabajar en favor de los demás, pero sí hay antecedentes. Nació el 9 de marzo de 1958 en Monterrey y es la séptima de ocho hijos que tuvieron Ramiro Zapata Pérez, dedicado a conducir autos de familias pudientes, y María Elena Narváez Salazar.

Vivían en una vecindad cercana a lo que hoy es Santa Lucía, y aunque de vida humilde, no carecían de lo indispensable.

Para Eva, que de niña destacó por su liderazgo, no hubo recursos para estudiar una carrera profesional, y sólo pudo cursar un secretariado bilingüe y, más tarde, enfermería técnica.

Tuvo varios empleos y, sin duda, recibió influencia de su hermano Ignacio Zapata, conocido luchador social fallecido en el 2012.

"Cuando era chica no entendía las cosas que le decía a la gente, demandando cosas. Ya luego supe que lo que quería era lo que yo ahora: bienestar para los demás", comenta.

Un problema de tiroides que la obligó a internarse varias veces, y el nacimiento de su hijo Roberto Carlos Garza cuando apenas tenía 21 años y al que sacó adelante sin ayuda del padre, la hicieron decidida y, sobre todo, la acercaron más a Dios.

Fue entonces que llegó con aquellos desposeídos del Arroyo El Obispo a los que tras el incendio siguió hasta los terrenos blancuzcos de García. Les ayudó a levantar sus casas con su dinero, de sus hermanos y de vender ropa en mercados.

Eva se sensibilizó de tal manera con el hambre en las escuelas que hizo de los repartos de desayunos y de despensas el programa central de Casa Samuel, nombre que alude al profeta niño que llegó a ungir reyes.

"Quiero que los niños que pasan por Casa Samuel tengan esa influencia, que a lo largo de su vida sean exitosos y felices".

Roberto Carlos define a su madre: "No hay nada que la detenga, es decidida cuando se trata de ayudar a los demás", sonríe Roberto, quien de niño vio cómo su madre, para evitar que él y sus amigos se involucraran con pandillas, abría su casa para que ahí merendaran e hicieran tareas.

III

Roberto, ingeniero en sistemas y hoy de 37 años, le dijo que si quería ayudar y pedir apoyos debía formar una asociación: así nació Casa Samuel sobre terrenos dados en comodato por el Ayuntamiento de García.

Ahí construyeron un primer tejabán a manera de comedor, que hoy es bodega, y más tarde otro y una construcción con donativos de grupos ligados a la Iglesia Presbiteriana en Atlanta.

Estos grupos la conocieron cuando tenía aquel primer tejabán y les conmovió la entrega de esta mujer que no tenía razón para estar ahí excepto ayudar a los demás.

Hoy, la asociación brinda los mil 500 desayunos semanales, pláticas formativas para cerca de 70 madres de familia, y más de un centenar de despensas. Pero hace falta más.

Aldo Flores Peña conoció a Eva cuando él era camarógrafo de una televisora local y vio el trabajo de Casa Samuel.

"Me intrigó tanta buena voluntad, me la pasé preguntando, y un día ya estaba colaborando con ellos", sonríe el joven, quien ameniza los eventos con los niños y apoya en labores de difusión.

Casa Samuel abrió hace semanas una clínica de primer contacto, construida con apoyo de aquella iglesia y que será equipada por Rotarios Sierra Madre: atienden a gente que, de otra manera, moriría por eventualidades, como en el pasado.

"Tendremos oftalmólogo, nutriólogo, psiquiatra, dentista", comenta Eva.

La clínica, apoyada por benefactores como el empresario Eduardo Elizondo Barragán, tiene como responsables médicos y sanitarios a Jesús Santos, egresado del Tecnológico de Monterrey, y Mario Alexander Sánchez Espinoza, de la UDEM.

La directora de la Fundación FRISA, Carmen Garza T., apoya desde hace seis años a Casa Samuel.

"Me impresiona la buena voluntad de Eva y cómo ha evolucionado la asociación en cuanto a su profesionalización", dice. "Los resultados son palpables, tanto en la nutrición de la comunidad como en la atención de padecimientos", expresa.

"Ojalá hubiera muchas 'Evas'".

Poco a poco, el sueño de Eva y su equipo en favor de los demás se va realizando. Hasta hace poco, ella no lo dimensionaba y menos se atribuía logro alguno.

Fue hasta que los miembros de Rotarios Sierra Madre recorrieron la clínica para brindar donativos para su equipamiento que le preguntaron el nombre de quién había hecho surgir aquel oasis en el desierto. Eva se lo pensó unos momentos.

"Yo", contestó, emocionada. "Fui yo".

Hora de publicación: 00:00 hrs.

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