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En la vida y en la cancha



Ximena Peredo


La afición rayada está feliz porque el domingo próximo estrena estadio.

A otros, el mismo acontecimiento nos genera una profunda indignación por el despojo ambiental que reconocemos. Este desencuentro, sin embargo, es un antagonismo fabricado, no real.

A través de columnas, programas de radio y de televisión, así como de publicidad y desplegados de la empresa Femsa, se reprodujo la idea de que la antigua reserva no tenía importancia ecológica y que, por lo tanto, el espacio estaba desaprovechado.

La sobreexposición mediática de este discurso hizo pasar por un acuerdo de unidad, a lo priista, que todos los rayados respaldaban la decisión del club de destruir y apropiarse del bosque La Pastora.

Hoy cualquiera puede acceder a información que desmiente este discurso porque, de hecho, se exterminó el ecosistema con mayor biodiversidad de la mancha urbana; se borró del mapa un suelo vegetal que brindaba servicios ambientales únicos, con árboles centenarios y una gran diversidad de especies de flora nativas que mitigaban los efectos del cambio climático; y se destruyó el hábitat de 106 especies de animales, 26 bajo protección especial.

Por si esto fuera poco, el Gran Parque Ecológico La Pastora, administrado también por Femsa, afectó de manera irreversible al Río La Silla. Taló centenas de sabinos y construyó -sin autorización de Semarnat- un andador de más de dos kilómetros por lo largo del lecho cuya obra y uso público terminarán por expulsar a los animales sobrevivientes.

Esta locura no fue apoyada por la afición. El respaldo apasionado fue para la construcción de un nuevo estadio. Nunca se apoyó la destrucción de un bosque, pero hubo todo un contexto que lo facilitó.

La extinción paulatina de parajes naturales -y el calor que esto provocó- nos volcó a espacios cerrados, casi todos de consumo. Además de esto, el nivel de estrés que manejamos los regiomontanos se vuelve insoportable -lo que facilita estallidos de violencia- si no contamos con espacios de distracción que nos permitan olvidar el día a día.

De hecho, ésta fue la clave para agotar durante un año todas las entradas al nuevo estadio. El estadio BBVA-Bancomer prometió una experiencia de primer mundo en una ciudad destrozada con grandes acumulados de sufrimiento humano.

Así, el acceso a esta burbuja pasó de ser un "gusto que me doy", a una trágica necesidad.

Paulatinamente ir al estadio terminó simbolizando la máxima de las compensaciones al esfuerzo laboral. Además de la licencia de desfogue, vinculada a la ingesta de cerveza, el nuevo estadio permite, con mucho mayor detalle, exhibir el poder adquisitivo de cada quien, lo cual llena de sentido el ambiente cotidiano de competencia. Al estadio no se irá a descansar, sino a consumir.

Con 11 zonas de precios distintas, en el BBVA-Bancomer todos ocuparán su lugar en la escala social: unos estarán de pie, otros tendrán asador en su palco. Así, estratificados, la pésima distribución de la riqueza se confunde con una desigualdad social ordenada, necesaria. Y esto fortalece al sistema económico dominante.

De esta forma, podemos concluir que, al ser apremiantes, la necesidad y el anhelo de la afición de estrenar un estadio se pudieron camuflar como respaldo a la destrucción de una antigua área natural protegida. Pero esto es una confusión mañosa.

Las dos inauguraciones de este fin de semana ofrecen una oportunidad idónea para distinguir grados de responsabilidad.

El sábado festejará el corporativo y sus socios comerciales -incluidos nuestros Gobiernos, bien representados por el cuestionado Presidente Peña Nieto-, quienes impusieron a la brava su negocio en La Pastora. El domingo la fiesta será de los consumidores con otro nivel de responsabilidad.

Al salir, sin embargo, (casi) todos serán arrojados al anunciado caos vial y a la ciudad sin ley. Nunca como entonces la afición rayada será atravesada por la paradoja de pagar dos horas de fantasía al precio de la vida que resta.

 
ximenaperedo@gmail.com
 
 
 


Es columnista, narradora y activista social. Tiene estudios en ciencia política y antropología, y actualmente estudia en la Universidad de Coimbra, en Portugal, una maestría en estudios democráticos. Desde 1998 escribe semanalmente en las páginas editoriales de EL NORTE.

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La afición rayada está feliz porque el domingo próximo estrena estadio.

A otros, el mismo acontecimiento nos genera una profunda indignación por el despojo ambiental que reconocemos. Este desencuentro, sin embargo, es un antagonismo fabricado, no real.


A través de columnas, programas de radio y de televisión, así como de publicidad y desplegados de la empresa Femsa, se reprodujo la idea de que la antigua reserva no tenía importancia ecológica y que, por lo tanto, el espacio estaba desaprovechado.

La sobreexposición mediática de este discurso hizo pasar por un acuerdo de unidad, a lo priista, que todos los rayados respaldaban la decisión del club de destruir y apropiarse del bosque La Pastora.

Hoy cualquiera puede acceder a información que desmiente este discurso porque, de hecho, se exterminó el ecosistema con mayor biodiversidad de la mancha urbana; se borró del mapa un suelo vegetal que brindaba servicios ambientales únicos, con árboles centenarios y una gran diversidad de especies de flora nativas que mitigaban los efectos del cambio climático; y se destruyó el hábitat de 106 especies de animales, 26 bajo protección especial.

Por si esto fuera poco, el Gran Parque Ecológico La Pastora, administrado también por Femsa, afectó de manera irreversible al Río La Silla. Taló centenas de sabinos y construyó -sin autorización de Semarnat- un andador de más de dos kilómetros por lo largo del lecho cuya obra y uso público terminarán por expulsar a los animales sobrevivientes.

Esta locura no fue apoyada por la afición. El respaldo apasionado fue para la construcción de un nuevo estadio. Nunca se apoyó la destrucción de un bosque, pero hubo todo un contexto que lo facilitó.

La extinción paulatina de parajes naturales -y el calor que esto provocó- nos volcó a espacios cerrados, casi todos de consumo. Además de esto, el nivel de estrés que manejamos los regiomontanos se vuelve insoportable -lo que facilita estallidos de violencia- si no contamos con espacios de distracción que nos permitan olvidar el día a día.

De hecho, ésta fue la clave para agotar durante un año todas las entradas al nuevo estadio. El estadio BBVA-Bancomer prometió una experiencia de primer mundo en una ciudad destrozada con grandes acumulados de sufrimiento humano.

Así, el acceso a esta burbuja pasó de ser un "gusto que me doy", a una trágica necesidad.

Paulatinamente ir al estadio terminó simbolizando la máxima de las compensaciones al esfuerzo laboral. Además de la licencia de desfogue, vinculada a la ingesta de cerveza, el nuevo estadio permite, con mucho mayor detalle, exhibir el poder adquisitivo de cada quien, lo cual llena de sentido el ambiente cotidiano de competencia. Al estadio no se irá a descansar, sino a consumir.

Con 11 zonas de precios distintas, en el BBVA-Bancomer todos ocuparán su lugar en la escala social: unos estarán de pie, otros tendrán asador en su palco. Así, estratificados, la pésima distribución de la riqueza se confunde con una desigualdad social ordenada, necesaria. Y esto fortalece al sistema económico dominante.

De esta forma, podemos concluir que, al ser apremiantes, la necesidad y el anhelo de la afición de estrenar un estadio se pudieron camuflar como respaldo a la destrucción de una antigua área natural protegida. Pero esto es una confusión mañosa.

Las dos inauguraciones de este fin de semana ofrecen una oportunidad idónea para distinguir grados de responsabilidad.

El sábado festejará el corporativo y sus socios comerciales -incluidos nuestros Gobiernos, bien representados por el cuestionado Presidente Peña Nieto-, quienes impusieron a la brava su negocio en La Pastora. El domingo la fiesta será de los consumidores con otro nivel de responsabilidad.

Al salir, sin embargo, (casi) todos serán arrojados al anunciado caos vial y a la ciudad sin ley. Nunca como entonces la afición rayada será atravesada por la paradoja de pagar dos horas de fantasía al precio de la vida que resta.

 
ximenaperedo@gmail.com