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MISCELÁNEA DE HISTORIAS / Catón
en EL NORTE


MIRADOR



Jean Cusset, ateo con excepción de la vez que leyó los "Pensamientos" de Pascal, dio un nuevo sorbo a su martini -con dos aceitunas, como siempre-, y continuó:
-A nuestro pobrecito cuerpo lo calumniamos mucho, y en cambio a nuestro espíritu lo enaltecemos demasiado. Creemos que nos condenamos por la carne, y denostamos al cuerpo, y lo vilipendiamos. Pero es tan mínima cosa el cuerpo, tan humilde, y casi con nada se conforma: un poco de agua, un poco de pan, algo de sueño -no de sueños- y ni siquiera amor, sino apenas, de vez en cuando, la compañía de otro cuerpo para enjugarse los instintos. En cambio, el espíritu, ¡qué exigente es!, ¡qué perentorio! Reclama sabiduría, altos ideales, valores inmarcesibles, y eso tan difícil de hallar que es el amor. Yo tengo para mí que el espíritu es el que nos condena, y no la carne. El cuerpo nos hace cometer pecados muy modestos que sólo el miedo de la Edad Media por las cosas terrenas pudo considerar mortales: la gula, la pereza, hasta la inofensiva lujuria, tan difamada y perseguida. ¡Ah, pero el espíritu! Los pecados del espíritu, ésos sí que son graves: la envida, y -el peor de todos-, la soberbia, el primer pecado que se cometió y aquél por el que todos se cometen.
-Tengamos compasión de nuestro cuerpo -siguió diciendo Jean Cusset-, y tratémoslo bien. Después de todo, pobre mulita, ya sufre el trabajo de llevar esa terrible carga que es nuestro espíritu.
Así dijo Jean Cusset. Y brindó con toda su alma por su cuerpo.
¡Hasta mañana!...

PRESENTE LO TENGO YO

Don Garganta

"Aquí es Colima, y aunque no haya cocos".
Esa frase es muy usada por los colimenses, y también por la gente de Jalisco. Se emplea para decir algo así como: "¡Aquí mero!" o: "¡Pa' luego es tarde!". Según se cuenta, la expresión la inventó in illo tempore una recién casada que con su desposado -la boda tuvo lugar en Guadalajara- fue a pasar su luna de miel en Colima. Iban en un carrito de caballos, y el novio ardía en ganas ya de consumar el matrimonio. Le pedía a su mujercita que se hicieran a un lado del camino para entregarse a los deliquios del amor. Ella, naturalmente, se negaba.
-Cuando lleguemos a Colima -le decía.
Preguntaba con ansiedad el anheloso joven:
-¿Y cómo sabremos que ya estamos ahí?
-Cuando veamos cocos -indicaba la muchacha.
Mas vino a suceder que hicieron un alto en el camino a la hora de comer. Buscó el recién casado un sitio soledoso, y sobre la muelle grama -quiero decir el zacatito- se pusieron a consumir las viandas que llevaban. Sería el romántico paraje, sería el rojo vino que bebieron, sería la ocasión, el caso es que la novia largó todos sus escrúpulos y se lanzó de pronto sobre su galán, poseída de súbitos ímpetus eróticos, al tiempo que decía con vehemencia:
-¡Aquí es Colima, y aunque no haya cocos!
Hace un par de semanas fui a Colima, invitado por la Universidad y por la Asociación de Escritores y Periodistas Colimenses. Peroré en el hermoso teatro universitario ante un público amabilísimo y cordial. Al terminar alguien me dijo que don Garganta había estado ahí, y que disfrutó mucho mi plática.
-¿Don quién? -pregunté yo, pensando que había oído mal.
-Don Garganta -repitió el amigo. Y me contó la historia de aquel singular mote usado por todos los que conocen a ese señor para nombrarlo, y además con su consentimiento.
Sucede que el señor se había retirado ya de los negocios. Los dejó en manos de sus hijos. Para gozar cumplidamente su descanso se dedicó al galano arte de beber, lo cual hacía con gran competencia y encomiable asiduidad, aunque sin perder jamás la compostura. Por eso dije "el arte de beber". Su esposa, señora de buena sociedad, no tenía otro afán más que el de manejar un coche grande -el más grandote que hubiera en el mercado- pues eso, a su parecer, mostraba la medida de su estatus. Cada año cambiaba el coche por otro de igual tamaño, o aún mayor.
Un día los hijos le dijeron:
-Mamá: los negocios no andan bien. El próximo año, cuando cambie de carro, le vamos a comprar uno compacto. El que usa usted sale muy caro, pues el motor es de cuatro gargantas y gasta mucha gasolina. Debemos controlar los gastos.
-Miren, cabrones -les contestó la dama-. Controlen la garganta de su padre, y tendrán para comprarme un carro con motor hasta de 10 gargantas.
De ahí le vino el apodo a su consorte: don Garganta. Es un segundo nombre que él lleva con orgullo.
Por eso, amigo lector, lectora amiga, me gusta andar en la legua: porque me entero de cosas de mucha gracia y donosura que puedo luego compartir contigo.

EL ÚLTIMO DE CATÓN

El mago presentaba su espectáculo en el pequeño pueblo. Contrató como su ayudante a una muchacha de la localidad, y para disfrazarla la vistió de odalisca, con velo en la cara y todo. La hizo salir al escenario, y anunció al público en tono grandílocuo y bombástico: "¡Y ahora, señoras y señoras, voy a desaparecer a esta hermosa hurí, la princesa Scherazada!". "¡Scherazada madres! -gritó indignado desde la galería un individuo-. ¡Es Colchonila, la única piruja que tenemos en el pueblo! ¡Y si la desapareces te las vas a ver con nosotros!".

MANGANITAS
Por AFA

"... Crece el número de vegetarianos...".

La cosa parece rara,
pero tiene explicación:
con toda esta situación
la carne ya está muy cara.


Armando Fuentes Aguirre, "Catón". Nació y vive en Saltillo, Coahuila. Licenciado en Derecho; licenciado en Letras Españolas. Maestro universitario; humorista y humanista. Sus artículos periodísticos se leen en más de un centenar de publicaciones en el País y en el extranjero. Dicta conferencias sobre temas de política, historia y filosofía. Desde 1978 es cronista de la Ciudad de Saltillo. Su mayor orgullo es ser padre de cuatro hijos y abuelo de 13 nietos.

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