OPINIÓN

MISCELÁNEA DE HISTORIAS / Catón EN EL NORTE

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MIRADOR

Jean Cusset, ateo con excepción de la vez que escuchó a Horowitz tocar el Impromptu 3 de Schubert, dio un nuevo sorbo a su martini -con dos aceitunas, como siempre- y continuó:

-Yo creo en el infierno. Y en el cielo creo también, por equidad. Creo en uno y el otro porque los he visto aquí en la Tierra. Infierno son los odios, la pobreza, la injusticia Cielo son el amor, la belleza, la bondad... No me interesa mucho, entonces, saber si también existen en el más allá. Con los de aquí tengo por ahora.

Siguió diciendo:

-Nuestra tarea en este mundo es hacer que los infiernos sean cada día menos, y los cielos cada día más. Si después de esta vida hay un infierno, nos salvará de él haber luchado contra los infiernos que hay aquí. Si después de esta vida hay algún cielo, nos llevará a él haber contribuido, aunque sea un poco, a hacer que haya cielos en la Tierra.

Así dijo Jean Cusset. Y dio el último sorbo a su martini, con dos aceitunas, como siempre.

¡Hasta mañana!...

PRESENTE LO TENGO YO

Pedro

-No, Pedro -dice mientras pone otro leño en la lumbre-. Te digo que este mes continuará la seca. La luna no está inclinada como jicarita que va a dejar caer su agua. Tendremos que esperar la próxima, a ver si entonces llueve. 

La noche es fría y oscura. No se oyen ya las voces de los perros; tampoco el viento turba la quietud de los árboles de invierno. Si no fuera por las llamas y el quejo de la leña en el fogón se diría que todo ha dejado de ser, que todo ha dejado de estar. 

-Sin lluvia no habrá hierba, Pedro, y las cabras ni siquiera recibirán al chivo. Presienten que las crías no tendrán qué comer, y no las traen al mundo a pasar hambre. ¿Te acuerdas cómo llovió el año pasado? El monte se puso verde, y las cabras hasta cuatearon. A veces pienso, Pedro, que los animalitos son más sabios que nosotros. Sienten cosas que a nosotros ya se nos olvidó sentir. Nuestros padres tenían ciencias que ahora no tenemos. Sabían cuándo cortar los troncos para hacer los morillos de las casas y que luego no se los comiera la polilla; sabían cuál era el tiempo justo de los injertos y la poda. Tú y yo todavía nos acordamos de eso, pero los muchachos de ahora no, y ni siquiera les interesa aprender. Ellos andan en sus cosas, y sus cosas no son ya nuestras cosas. Yo no las entiendo, no sé tú. 

Se queda viendo las siluetas que dibuja la sombra de las llamas sobre la pared. Mira en ella la de Pedro, y le parece ver que el resplandor del fuego colorea su rostro como si fuera un retrato de pintura. Pedro está silencioso, como siempre. Él sigue hablando para que sus palabras hagan ruido. Y es que el silencio le da miedo, lo mismo que la noche. Con el silencio le da por pensar, y esa es otra de las cosas a las que teme: el pensamiento. De día no piensa. Se ocupa en el cuidado de los animales: ellos no piensan. Va a ver los árboles: ellos tampoco piensan. Se pone a limpiar el aljibe, aunque esté limpio; se pone a arreglar la cerca, aunque esté en orden. A principios del mes le da otra blanqueada a la casa, sin necesidad. Todos los días va a traer leña, por necesidad. 

-Cada vez tengo que ir más lejos a buscarla, Pedro. Ya no hay tanta como en otro tiempo. Quién sabe quién se la llevará, si casi todos tienen ahora estufas de esas de gas. Todavía no hace mucho hallaba yo la leña aquí cerquita. Caminando iba a traerla. Ahora tengo que ir en el burro. Con los años uno no puede ya andar tanto. ¿Te duelen a ti las piernas cuando caminas mucho? Yo a veces no las aguanto, sobre todo en tiempo de frío. De nada me sirve entonces la pomada de árnica. Ya estamos viejos, Pedro, hay que reconocerlo. Yo voy pa' los 80, y tú eres nomás dos años más chico. Antes de aquello que pasó ¡uh! yo subía la sierra casi corriendo. Una vez, por puro juego, perseguí a pie un venado, y te juro que ya merito lo alcanzaba. Me dirás que estoy inventando cosas, pero no. Y nunca me cansaba. Luego sucedió lo que tú sabes, y ya no fue lo mismo. En seis años envejecí 40. Cuando volví al Potrero nadie me reconoció. Todos pensaron que venía de fuera. La verdad es que venía de adentro. Fíjate bien: 'de adentro'. ¿La pescaste? ¿Entonces por qué no te ríes? Anda, ya no estés tan serio. De muchacho no eras así. 

El fuego se ha apagado mientras el hombre hablaba. Deja la taza de té de menta que bebía y después de poner todo en su lugar dice lo de siempre: 

-Hasta mañana, Pedro. 

Luego se acuesta en su camastro y apaga la vela. Todo queda en la oscuridad; sólo se ve el rojizo resplandor de dos brasas que aún arden en las cenizas del fogón. Son como dos ojos que lo miran, y cierra los suyos para no mirarlos. Desaparece en el oscuro sueño en que se le aparece el sueño que todas las noches sueña. Pasan las horas -¿por qué no más aprisa?- y amanece. A él le gusta que amanezca. Abre la puerta del jacal. "Para que entre la gracia de Dios", decía su madre. Por el camino van dos hombres. Lo saludan, pero él no se da cuenta. Está muy sordo, y no ve bien. Pregunta uno, seguramente venido de otra parte: 

-¿Quién es ese viejo? 

-Es don Luis -responde el otro-. De joven, en una borrachera, mató a su hermano Pedro.

EL ÚLTIMO DE CATÓN

Cierto señor perdió los dientes en un accidente de automóvil. Por negligencia no remedió la pérdida, de modo que pasaron días, semanas, meses, y el hombre seguía desdentado. Su esposa le pidió una y otra vez que acudiera al dentista, pero él no hacía caso. Por fin se decidió, y sin decir nada a su mujer fue a con un odontólogo que en breve tiempo le puso dientes nuevos. El tipo fue directamente a su casa deseoso de dar la sorpresa a su consorte. Ella estaba en la ducha, de espaldas a la puerta del baño. Con pasos tácitos, sin hacer ruido, el marido se le acercó y le dio una traviesa mordidita en el cuello. La señora le dijo sin volver la vista: "¿Qué haces aquí a esta hora? Vete inmediatamente, que no tarda en llegar el chimuelo".

MANGANITAS

Por AFA

" Calentamiento global".