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Precandidatos



Diego Valadés
en EL NORTE

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La decisión presidencial de anunciar seis potenciales candidatos de su partido a la presidencia de la República produjo sorpresa. Por prematura, la noticia plantea incógnitas en cuanto a sus motivaciones. Algo debió impeler al presidente para calcular que, con este movimiento, sus ganancias superaban los costes.

En un sistema de poder tan concentrado no es previsible que haya merma de las facultades presidenciales, pero al destacar a cinco colaboradores y a una gobernadora de su partido exhibió que en su equipo los hay de primera y de segunda. Como consecuencia, el rendimiento futuro de los excluidos podría ser decreciente, en detrimento de sus respectivos departamentos y gobiernos, y en perjuicio de los gobernados.

El embozo de los aspirantes fue un signo de la política durante la anterior hegemonía. Una regla palaciega asimilaba la política a una imagen fotográfica y se decía "el que se mueve no sale". La parálisis cortesana implicaba que nadie dejara ver anhelos de poder. La esperanza se convertía en acicate para trabajar con intensidad, tratando de ganar el favor del gran elector.

Es posible que entre las intenciones del presidente estuviera reflotar a quienes veía dañados e introducir nuevos actores, unos creíbles y otros de acompañamiento. Otro motivo tal vez sea encauzar hacia el futuro las expectativas que él mismo protagonizó durante varios lustros, mitigando el riesgo de una desilusión progresiva que dificultaría aún más su gestión.

El anuncio centró la atención en torno a figuras de un solo partido. Además, de esa misma organización política surgió otra voz, la del líder mayoritario del Senado, apuntando su intención sucesoria. Hasta ahora nadie más ha hecho públicos sus objetivos. En cambio, la oposición quedó descolocada pues no ha dado la única respuesta esperable: mostrar que también tiene opciones.

La acción presidencial auspicia alineamientos en torno a cada integrante del septeto, a reserva de que el número aumente o disminuya. Quien carezca de adherentes sólo alcanzará la candidatura si el presidente interviene. Esto significa que quien resulte postulado por su propio esfuerzo tendrá que conciliar distintas corrientes para participar en la elección con opciones de éxito. Esta candidatura sería, por ende, de concertación, alterando la tradición personalista de los partidos hegemónicos. Otro efecto potencial es que la agregación de simpatías en torno a las personalidades descollantes quizá lleve a que, de ese elenco, surja más de un candidato.

Hay un problema. El sistema electoral está diseñado conforme a la lógica del inmovilismo y el disimulo. La Ley electoral penaliza la manifestación de pretensiones tempranas, válidas en los sistemas democráticos. El artículo 3º prohíbe actos anticipados de campaña, entendidos como los "que se realicen bajo cualquier modalidad y en cualquier momento fuera de la etapa de campañas, que contengan [...] expresiones solicitando cualquier tipo de apoyo para contender en el proceso electoral por alguna candidatura o para un partido".

Esa disposición es propia de sistemas cerrados que inhiben hacer públicos deseos válidos y donde prevalece la simulación. Una democracia no debe contener reglas que limiten las aspiraciones legítimas de todo ciudadano y que impidan a la ciudadanía observarlo, discutirlo y calificarlo.

Los gobernados tenemos derecho a conocer en todo tiempo a aquellos que, llegado el momento, quieran nuestro voto. Las restricciones impuestas a los potenciales aspirantes a gobernar en realidad afectan a los gobernados, pues los privan de ejercer un escrutinio constante sobre los elegibles y los dejan a merced de un torrente de impactos propagandísticos de última hora.

Habrá que reformar la legislación electoral para despojarla de ataduras que coartan nuestro derecho a conocer y debatir a las personalidades que busquen el poder. Ha surgido una oportunidad para dejar atrás la improvisación de candidaturas. Debemos avanzar hacia una sociedad que analice de manera informada sus opciones de gobierno. No se debe arribar a 2024 sin saber quiénes están en aptitud de organizar el gobierno plural, responsable, honesto y competente que necesitaremos.

La democracia es un sistema de libertades, no de inhibiciones y ocultamientos.

 
 
@dvalades
 
 
 
 
 
 


Diego Valadés. Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas y profesor de la Facultad de Derecho de la UNAM. Es miembro de El Colegio Nacional, de la Academia Mexicana de la Lengua y de El Colegio de Sinaloa. Es autor de numerosas obras de derecho constitucional, entre las que figuran: La dictadura constitucional en América Latina, El control del poder, El gobierno de gabinete, La parlamentarización de los sistemas presidenciales.

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