OPINIÓN

MÉXICO MÁGICO

MÉXICO MÁGICO / Catón EN EL NORTE

0 MIN 30 SEG

Icono para compartir en redesIcono para compartir en redesIcono para compartir en redesIcono para compartir en redesIcono para compartir en redes
Me indigné mucho cuando a la calle de San Juan de Letrán le asestaron el burocrático y oficialista nombre de "Eje Central Lázaro Cárdenas". En ese momento, creo, empezaron a morir el ánima y el estilo de la Ciudad de México, urbe preciosa en donde fui estudiante de la vida. 

¡Qué calle aquélla, colmada de historia y de leyendas! Alcancé a ver todavía a sus insignes prostitutas. Me contaban los señores de edad que en sus tiempos aquellas señoras cobraban un peso por ejercer su caritativa profesión. Un día salió la canción "Aventurera", de Agustín Lara, y las mujeres empezaron a cobrar 1.50. Atendieron el consejo que daba el Flaco de Oro en su canción: "Vende caro tu amor...". Los parroquianos tildaron de cabrón al Músico Poeta; lo acusaron de traidor a su sexo por haber causado aquella perniciosa inflación.

Había entre las damas ambulantes algunas que se decían francesas. Te decían en voz baja cuando pasabas junto a ellas:

-Tgescientos pesos por las tges cosas.

El pudor me impide decir cuáles eran esas "tges cosas". Las mexicanas -eso sí debo decirlo- le informaban al cliente su tarifa -100 pesos- y aclaraban siempre: "Pero por una sola cosa, la naturalita. Soy puta, pero decente". 

Gran memoria dejaron de sí los pachucos, cinturitas, tarzanes, chulos o padrotes de Letrán. El de mayor leyenda fue Pepe Cora, hermano de Susana, la conocida actriz. Este Pepe Cora fue el verdadero y auténtico Suavecito, que luego inmortalizó en el cine Víctor Parra. Medía 2 metros de estatura, pero se movía con movimientos pausados y sinuosos, como de serpiente, y hablaba con voz dulce, sin subir nunca el tono. De eso le vino, quizás, el remoquete. Con el tiempo el Suavecito se convirtió en guardaespaldas de Cantinflas, que disfrutaba oyéndolo narrar las aventuras de su pasado oficio padrotil.

En la calle de San Juan de Letrán había carpas. La más celebrada, a la que todavía alcancé a ir, era la México. Ahí salía -artista estrella- una señora gorda, la única bailarina que he visto bailar sin mover los pies. Se plantaba la robusta señora, rica en carnes, en el centro del escenario, sobre un ladrillo. Empezaba a sonar la música y ella, sin salirse del ladrillo, puesta primero de frente, luego de perfil y por último de espalda, empezaba a agitar las carnes del vientre, las ubérrimas ubres y todas las adiposidades de su cuerpo, sobre todo las de la geografía posterior. Así, mirando a la distancia y sin enmendar el terreno, hierática como los buenos toreros, aquella furcia bailaba en una fantástica y arrebatada agitación de carnes que el público saludaba con grandes ovaciones. Artista sin par era aquella señora, y bailarina de gran mérito. Yo la comparo con Ana Pavlova. Claro, dentro de su especialidad.

Al final de la función se presentaba siempre "una bonita acuarela musical con actuación de toda la compañía". Invariablemente el público pedía "La sanmarqueña". Era una canción de coplas picarescas:

Si tu marido es celoso