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LA OTRA HISTORIA DE MÉXICO / Catón
en EL NORTE


Las campanas mudas



Honda consternación reinó en la ciudad de México en aquel octubre de 1855 cuando se tuvo noticia de que los liberales "puros" se habían apoderado de la presidencia. Muchos recordaban aún las rabiosas reformas emprendidas por Valentín Gómez Farías -"Gómez Furias" se le llamó por eso- cuando los "rojos" gobernaron en 1833. Ahora, de nueva cuenta, Gómez Farías tendría la dirección intelectual del gobierno de los liberales, y otra vez, de seguro, se verían excesos como aquellos de "la primera Reforma".

Mayor alarma cundió en la capital cuando se conoció la forma en que Álvarez, o quienes lo manejaban, integraron el gabinete presidencial. Sus miembros eran todos liberales puros, es decir, los más radicales elementos del más extremo liberalismo. Como ministro de Relaciones quedó Melchor Ocampo. El ministerio de Justicia lo ocupó Benito Juárez. Como ministro de Hacienda quedó Guillermo Prieto, que sabía de finanzas lo mismo que sé yo de Historia. Por último, el ministerio de Guerra fue encargado al general Ignacio Comonfort.

El pueblo de la capital recibió la noticia no sólo con disgusto, sino con indignación. Como se sabía que Álvarez tendría que venir a la capital -así se lo estaban solicitando insistentemente los periódicos liberales- el pueblo mismo subió a los campanarios de las iglesias y quitó los badajos a las campanas a fin de que nadie pudiera hacerlas repicar como señal de júbilo cuando hiciese su entrada el flamante gobierno liberal. Los historiadores oficialistas han contado que patrullas del gobierno impideron al pueblo festejar la exaltación de Álvarez a la presidencia, pero eso es falso: a los capitalinos Álvarez los asustaba tanto como sus famosos "pintos".

Precavido, don Juan se decidió a sacar las castañas con la mano del gato. Hizo que Comonfort, en su doble carácter de ministro de la Guerra y comandante de todas las fuerzas armadas del país, se adelantase hacia la ciudad de México. No pocas veces fue tachado el general Álvarez de, digamos, excesivamente prudente. Es famosa su abstención en la batalla del Molino del Rey, en la que permaneció al margen de las acciones con 600 hombres bien montados y armados, viendo desde la distancia la forma en que los yanquis hacían pedazos a los defensores de esa posición. En esta ocasión se advirtieron también innegables visos de flaqueza en Álvarez: en vez de dirigirse a la capital envió a Comonfort para que afrontara en su lugar cualquier posible resistencia, ya de la guarnición militar, ya de la población.

Comonfort fue a México, pues, al frente de una nutrida tropa. Traía consigo la fuerza, y como conquistador fue recibido. Le alegró recibir la visita del arzobispo, pero debió don Ignacio considerar que los señores arzobispos visitaban siempre al vencedor en turno. En eso quizá consiste la milenaria sabiduría episcopal.

Obró también en el buen recibimiento que se hizo a Comonfort la idea que se tenía de él en el sentido de que no era liberal puro, sino moderado. Los pertenecientes a este partido gozaban de general estima entre la población, pues se les atribuía una posición de centro entre los conservadores, derechistas, y los puros, de la más extrema izquierda. La intuición popular no tardaría en confirmarse: entre los furiosos liberales puros fue don Ignacio Comonfort un elemento conciliador y de moderación.


Armando Fuentes Aguirre, "Catón". Nació y vive en Saltillo, Coahuila. Licenciado en Derecho; licenciado en Letras Españolas. Maestro universitario; humorista y humanista. Sus artículos periodísticos se leen en más de un centenar de publicaciones en el País y en el extranjero. Dicta conferencias sobre temas de política, historia y filosofía. Desde 1978 es cronista de la Ciudad de Saltillo. Su mayor orgullo es ser padre de cuatro hijos y abuelo de 13 nietos.

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