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LA OTRA HISTORIA DE MÉXICO / Catón
en EL NORTE


La letra y el espíritu

Cuando don Ignacio Comonfort subió a la presidencia de la República, en diciembre de 1855, los conservadores pensaron que habían encontrado a su adalid.


Comonfort procedía de linaje irlandés. Eso, se dijeron los de "la conserva", lo hacía ser católico de sangre, pues ya se sabe que los irlandeses comenzaron a profesar esa religión desde que San Patricio estuvo en su isla, la libró hasta de la última serpiente y dio a Irlanda el trébol -y su color verde- como símbolo, pues del trébol se valió el santo para enseñar a los primeros catecúmenos el misterio de la Santísima Trinidad: así como el trébol tiene tres hojas, pero es un sólo trébol, así las Tres Divinas Personas son también tres, pero son un sólo Dios.

Además, Comonfort pertenecía a muy buenas familias poblanas. Sus padres le dieron una esmerada educación en uno de los mejores colegios de la Angelópolis, y eso era garantía de que el nuevo Presidente no compartiría ninguna de las ideas de los liberales, como lo demostró en el gobierno del general Álvarez. Cuando se trató de integrar el Congreso Nacional, en efecto, el furibundo "rojo" don Melchor Ocampo intrigó para quitar a los curas no sólo el voto activo, sino también el pasivo. Es decir, propuso que ningún miembro del clero pudiera elegir ni ser elegido. Comonfort se mostró abiertamente opuesto a la iniciativa de Ocampo, quien era visto con los peores ojos por la buena sociedad capitalina no sólo por lo radical de sus ideas liberales, sino por la escandalosa vida privada que llevaba. Podría formarse un libro con todos los escándalos en que Ocampo anduvo metido por cuestión de faldas, y no deja de ser una pintoresca paradoja que ese terrible calavera, que obligó con sus excesos a que don Benito Juárez le llamara un día la atención, haya sido autor de la famosa "Epístola" que antiguamente se nos leía a quienes nos casábamos, exhortándonos a la virtud y a la fidelidad. En aquella pugna entre Ocampo y Comonfort salió vencedor este último, para felicidad de los conservadores. Con motivo de su enfrentamiento ambos presentaron su renuncia a don Juan Álvarez: el general se la aceptó únicamente a don Melchor Ocampo, que quedó así fuera del gobierno a los 15 días de haber entrado en él.

Tenían bases, pues, los conservadores para suponer que Comonfort gobernaría para ellos. Gran sorpresa se llevaron cuando don Ignacio nombró un gabinete formado por liberales moderados. La verdad es que Comonfort quería hacer un gobierno de centro, alejado lo mismo del extremo de los "puros" que del otro extremo, el de los conservadores. Los moderados, sin embargo, no lo eran tanto. Lo probó don José María Lafragua, ministro de Gobernación, que sacó una Ley de Imprenta en la que se prohibían los ataques al gobierno, pero no se decía ni media palabra acerca de los ataques a la Iglesia y sus ministros. Así, los periodistas se dieron vuelo publicando artículos sensacionalistas acerca de escándalos, reales o inventados, cometidos por sacerdotes. Para colmo el nuevo presidente no hizo nada para atemperar los efectos de la terrible "Ley Juárez", dictada por don Benito en el fugaz gobierno de Álvarez, en la que se metía mano en las propiedades de la Iglesia.

Bien pronto el clero empezó a murmurar y a decir sotto voce cosas muy feas de don Ignacio Comonfort. A unos cuantos días de haberse sentado él en la silla presidencial, vientos de fronda comenzaron a soplar.


Armando Fuentes Aguirre, "Catón". Nació y vive en Saltillo, Coahuila. Licenciado en Derecho; licenciado en Letras Españolas. Maestro universitario; humorista y humanista. Sus artículos periodísticos se leen en más de un centenar de publicaciones en el País y en el extranjero. Dicta conferencias sobre temas de política, historia y filosofía. Desde 1978 es cronista de la Ciudad de Saltillo. Su mayor orgullo es ser padre de cuatro hijos y abuelo de 13 nietos.

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